Introducción
Me gustan los trenes
En mi infancia, el tren me parecía algo de adultos: en particular, pertenecía al mundo de mi Papá. Él se levantaba cada mañana para ir al trabajo y después de caminar 7 cuadras hasta la estación, tomaba el tren que lo llevaba "al centro"; y otro tanto para volver. Su traje siempre olía a esos viajes y ese olor me resultaba muy familiar cuando me saluda al regresar.
El tren también me parecía algo especial: para las vacaciones que tomábamos lejos de la Capital, donde concurrían ritos de reservas de pasaje, cuentas de kilómetros y horas, despedidas en el andén... porque nos íbamos lejos.
Una vez más, el tren tenía para mí algo anecdótico: cuando teníamos que visitar a algún pariente lejano y emprendíamos ese viaje de domingo por la tarde.
Cuando me mudé al barrio de Coghlan, tenía treinta y pico y la estación estaba al pié del edificio donde vivía. Desde mi onceavo piso, podía ver todas las vías y los trenes yendo y viniendo todo el día. El tren se volvió un amigo y un aliado para toda mi cotidianeidad: sus horarios eran mis horarios; sus asientos, mi momento de lectura; su velocidad, el tiempo exacto para llegar a destino; sus pasajeros habituales, una cara más de mi Buenos Aires querido; sus personajes ocasionales, los que roban nuestra atención por un momento, para pedirnos algo o para entretenernos, siempre hablaban algo a los oidos de mi alma.
Me gusta ver a los niños saludar el paso del tren y me gusta la sensación que el tren produce en la gente: a veces es respeto, cuando se espera de pié frente a un paso a nivel; a veces es fastidio, cuando se bajan las barreras delante de nuestras narices. Me gustan los trenes viejos y los nuevos; los que cargan pesadas mercancías; los que están "reciclados"; los que salen llenos y llegan vacíos y los que salen vacíos y llegan llenos. Me gusta el tren, y estar con Uds. en este viaje!
2 comentarios:
Buen Viaje!!!
pues que ta ha quedado una hermosura de diseño minimalista
felicitaciones
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